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Es el momento de los que no dejan de buscar soluciones

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Durante una década estuvimos luchando con mi familia. Recuerdo en dónde situarlo exactamente, fue en el 2007, cuando mis papás tuvieron que sentarse a hablar conmigo sobre cómo no iba a poder celebrar mi graduación del colegio, fue la primera vez que tuvieron que verse obligados a admitir que había un problema más grande de lo que creían: no tenían dinero. A partir de ahí empezaron los problemas.

Con mi familia habíamos venido de un período, en donde mi papá tuvo que irse del país por una mejor oportunidad laboral en Honduras; tenía 11 años y mi hermana tres años. Fueron nueve años con muchísimos cambios.

Mi papá regresó en el 2008, tras una mala experiencia durante ese mismo año. Después, con su regreso la dinámica familiar volvió a cambiar; y fue hasta un año después que empezó a trabajar nuevamente. Con esto, las deudas ya se habían acumulado.

Todo esto, fue en mi primer año de universidad. A pesar de las cosas que estábamos pasando, estos años fueron los mejores; los más felices. Tenía libertad de hacer las cosas que yo quería: escribía, estudiaba y salía con mis amigos. Fueron dos años en donde siento que absorbí una gran cantidad de información de todo tipo; estaba cambiando de etapa en la vida. 

Luego, en el 2012, llegaron a asaltarme a mi propia casa. Yo estaba solo. Y en menos de un mes tuvimos que mudarnos de nuestro hogar.

Todo lo pasado solo sumaba más deudas.

Con mi familia, siempre hemos sido un equipo, y cuando sos miembro de un equipo siempre buscás la forma en la que aportar, de la forma que sea. El sentir que yo no estaba aportando nada me fue bien difícil. Mi situación laboral era pésima, siempre supe que hay peores, pero nunca imaginé que me iba a afectar de la manera en que lo hizo; era periodista, trabajaba de  madrugada, comía muy mal, no me alcanzaba el dinero para nada y no veía  nada positivo de todo eso. Solo pasaba durmiendo y pasaba desvelado al mismo tiempo. Siempre supe que hay muchas maneras de aportar como persona, sobre todo en mi familia, pero no podía aportar financieramente, emocionalmente estaba hecho un caos y no tenía energías para hacer nada más que dormir.

Me sentía incómodo con la situación y muy vulnerable.

Recuerdo perfectamente que nadie me sacaba de la cabeza que era una situación de la cual nunca saldríamos; estaba completamente seguro de que mi vida se iba a reducir al estar enojado y triste todo el tiempo.

Después de haber pasado una situación así de crítica, las cosas empezaron a cambiar. Luego de haber pasado un año desempleado, empecé a trabajar en publicidad. Siento que todo esto terminó cuando inicié en mi nuevo trabajo; di un paso muy grande en mi vida profesional.

En realidad, dimos un paso muy grande como familia, porque como dice el dicho: «o todos en la cama, o todos en el suelo».

Mi familia nuclear siempre ha sido bien importante para mí. Cada uno siempre ha buscado la manera en cómo podemos seguir adelante, buscando las mejores opciones.

No me quiero quedar como estoy ahorita, quiero seguir creciendo en todos los ámbitos y que mi familia también lo haga.

Hemos sobrevivido estando unidos. Tenemos problemas profundos, como todos, pero no lo hubiéramos logrado sin esa unión. Creo que la clave es que siempre hemos tenido una comunicación transparente como familia. Siempre estuvimos enterados de lo que pasaba.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, puedo pensar en mí y en mi futuro. Me siento tranquilo porque sé que mi familia y yo vamos a estar bien cada uno por nuestro camino.”

Diego Javier Boquín Hernández, 28 años.